ahora te apetece llorar porque estás triste
y crees que el fin del mundo es ahora
en este lugar
en esta oscura tarde
te crees el universo entero
y piensas que te ahogas en tus pensamientos
pero tranquila
voy a mirar en todas las esquinas hasta asegurarme que no hay nadie que quiera hacerte daño
voy a cuidar los bordes de tu cama
a calentar el suelo antes de que lo pises.
te prepararé tu colacao por la mañana
lo calentaré mucho, como a ti te gusta
y te miraré despacio mientras te peinas en el pasillo
te vestiré sólo para volver a quitarte la ropa
y te colocaré bien la almohada debajo de la cabeza
podrás llorar sobre mi cuando quieras
ahora, por ejemplo, que estás triste y te parece que el mundo es sólo una despedida
entonces te recordaré tus historias
las bonitas
la que de verdad has vivido
te devolveré los lugares que has tenido
que has conquistado
te dejaré dormir al lado de todos los corazones fuertes, que no se desmenuzaron cuando los apretaste
te despertaré sólo cuando estés tranquila
cuando ya no grites de pánico en mitad de la noche
cuando al despertar sólo recuerdes los buenos recuerdos
cuando vengan a ti, a visitarte los momentos felices que creaste
y ahora te parecerá que todo eso está lejos
y llorarás otro rato
y será tierno ver caer tus lagrimones por tus mejillas
y besaré tu cara empapada
y te calmarás un poco al sentir mis labios en tu rostro
te abrazaré fuerte, sólo para calmarte
no te creas que voy a aprovecharme de ti en tales circunstancias
sólo voy a hacerte sentir bien por este momento
hasta que no recuerdes porqué estabas triste
hasta que vuelvas a reírte a carcajadas y me digas otra vez que me quieres
entonces nos dormiremos pegados hasta que amanezca
y después seguiremos un rato más en la cama
con los ojos fijos en el techo
como si hubiésemos estado toda la noche drogándonos
y cuando nos hartemos del techo tal vez nos encontremos otra vez
recordarás el sitio exacto
el lugar
el color
y volverás a ver que el amor está ahí
en tí
aunque ahora pienses que te ha abandonado
Me quedé sin llaves tantas veces que tuve que inventar nuevos hogares. Entre piedra y escalón trataba de escapar de las cadenas de montaje, las manchas, los frascos, los precintos y siempre busqué moverme al ritmo de la música sin conseguirlo. Siempre preferí el latir acelerado y arrítmico que me provoca tu cuerpo al tictac de los relojes atómicos. Siempre sobre el alambre y sin mudar la piel, unas veces acelerando, tropezando y tejiendo traspiés, otras a punto de detenerme y dejar muertos los brazos, los labios, la piel. Sólo intentaba cantarte una canción, sin embargo era como aquella niña con pijama de franela que una y otra vez se asomaba a la ventana para ver cómo la nieve volvía a cubrirlo todo. No pretendo romper la baraja y llevarme los trozos, pero el día que me atreva a lanzarte un órdago yo ya no estaré. Tengo un único escaparate y guardo los artículos de lujo en el almacén. Por eso, a veces, notas un temblor, un reflejo oscuro, un abismo que no comprendes, la retina demasiado brumosa que sólo representa un instante nublado en una noche de verano. Podría demostrarte más heridas de guerra de las que ves; siguen sin ser demasiadas y seguramente tú tienes más; asumo que cada uno decide a qué velocidad andar, siempre y cuando no lleve a alguien de la mano. Sigo en la ventana, con 40º a la sombra no tardará en derretirse la nieve.
Quedaban. Quemaban. Quietos.
Tirados por los rincones, esparcidos por los cajones, pegajosos como las copas
de madrugada, quietos e inmutables como la telaraña que cada mañana vuelve a
aparecer, y tú te ves en una gran y estúpida foto mental tendida sobre la cama,
controlando la angustia, con los ojos encharcados y concentrados en un punto
fijo de la habitación que te hace sumirte en un pensamiento hueco por el que
rebotan cien mil partículas muertas. No hacen falta más estratagemas, no puedes
hacer nada. Estoy tranquila. Juego a estar quieta y a que me abriguen cuatro
paredes. No pasa nada. Ahogo los aullidos que me rasgan la garganta y chocan
contra mis dientes intentando salir. Toco la pared despacio. No va a pasar nada
más, sólo hay que esperar hasta que los desperdicios vuelvan a quedarse en la
superficie del vaso. No le temo a la autofobia, al frío, al hidrógeno ni a los
nudos. La oscuridad es relativa a la luz y no hay que temerla si has dejado de
percibir objetos sensoriales. No puedo hacer nada por mí misma. Tranquilidad.
Crepitar de huesos y cimientos, pero tranquilidad y sábanas antibalas. Estoy
atrapada por todos los vértices y tengo la certeza de que no hay nada después
del suelo. El núcleo terrestre no es para mí. Si entiendes las dobles negaciones,
entenderás que no quiero no salir de aquí.
Me quedé sin llaves tantas veces que tuve que inventar nuevos
hogares. Entre piedra y escalón trataba de escapar de las cadenas de
montaje, las manchas, los frascos, los precintos y siempre busqué
moverme al ritmo de la música sin conseguirlo. Siempre preferí el latir
acelerado y arrítmico que me provoca tu cuerpo al tictac de los relojes
atómicos. Siempre sobre el alambre y sin mudar la piel, unas veces
acelerando, tropezando y tejiendo traspiés, otras a punto de detenerme
y dejar muertos los brazos, los labios, la piel. Sólo intentaba
cantarte una canción, sin embargo era como aquella niña con pijama de
franela que una y otra vez se asomaba a la ventana para ver cómo la
nieve volvía a cubrirlo todo. No pretendo romper la baraja y llevarme
los trozos, pero el día que me atreva a lanzarte un órdago yo ya no
estaré. Tengo un único escaparate y guardo los artículos de lujo en el
almacén. Por eso, a veces, notas un temblor, un reflejo oscuro, un
abismo que no comprendes, la retina demasiado brumosa que sólo
representa un instante nublado en una noche de verano. Podría
demostrarte más heridas de guerra de las que ves; siguen sin ser
demasiadas y seguramente tú tienes más; asumo que cada uno decide a qué
velocidad andar, siempre y cuando no lleve a alguien de la mano. Sigo
en la ventana, con 40º a la sombra no tardará en derretirse la nieve.
De cercos
de cerca
la mecha de mi mala cabeza
la deshonra, la d e s h o r a,
carne encarnada en carne.
Rebelde heterodoxa.
La rabia, la huída, los labios,
la inercia del último disparo,
se separan los peldaños
la penumbra se cierne,
como un halo
machaca
agita
araña
grita
e s c u p e
la mugre
la sal
la huída
intenso masaje en carne viva
e_x_p_l_o_s_i_ó_n
hemostasia
expansión
y los ojos
anclados
en la nada
anidando
un rebote
en el vacío
del infinito
espacio.
Ésto no se para
Ésto no se para
Ésto no se para
Ésto no se para
Ésto no se para
Ésto no se para
Ésto no se para
Ésto nos separa
Me lo regaló hace tiempo, cuando aún creía que yo tenía que haberme escapado de algún cuento. Un trono de princesa de golosina en tintes rosa chicle, desde el que creía que podía convertir el verano en invierno para así poder seguir hibernando bajo nuestras pieles. Y a mí me divertía, sentarme altanera y comer piruletas que me coloreasen los labios de un rojo intenso para que así nadie se fijase en mis ojos. Recitar poemas inventados, antología sobre la vida y obra de un puercoespín. Silbar dulce como una caja de música. Peinarme de blanco y de tinto, rizarme, alisarme, atarme, engancharme, hacerme y deshacerme. Tener la certeza de que mientras estuviese allí sentada, no existirían las tardes cuentaatrás, ni los ojos-persiana que siempre se cerraban sin querer. Un mundo a parte que giraba con la lentitud con la que latían nuestras manos, donde la música se acoplaba al ambiente ciruela que envolvía nuestros cuerpos. La certeza estúpida de tener siempre la llave en el bolsillo. La ilusión ingenua de creer que los males eran poéticos desde que estaba allí arriba.
Hoy permanece arrinconado en una sala aneja (y añeja) a la del recuerdo encrespado, donde se amontonan pelusas y gusanos. Allí donde se esconde la realidad metódica y de manual que a veces me da miedo escuchar. Sombras que dibujan siluetas y perfiles grotescos en torno a un fuego quemagrasas. Y ahora me pregunto qué hacer con él. Echarlo a arder de forma cortante o desgastarlo a base de pasar la mano por su contorno poco pulido, hasta convertirlo en un trono diminuto, como de gnomo. Beberme su color de fresa o absorber su olor a mandarina y a hierba fresca. Besarlo hasta deshacerlo o hacerle dos coletas. Por el momento le he hecho una foto, por si se me olvida lo que pudo haber sido. Más tarde lo archivaré en el cajón de sucesos sin resolver, donde todo se pudre a base de polillas y polvo granulado. Donde malviven las historias sin final y los movimientos diacrónicos. Donde muere la dialéctica por falta de uso y abuso. Allí, donde permanecen tantas otras cosas...
on .